26 abr. 2010

LA ESCUÁLIDA FAMILIA por Daniela Berlante

De horda, de familia y de tragedia

La Escuálida Familia, estrenada en octubre de 2001 en el Centro Cultural Ricardo Rojas, con dirección de la misma Lola Arias, se desarrolla en torno de una hipótesis que leemos en el Prefacio : “La Historia es siempre familiar”. Arias despliega este concepto afirmando que “en toda la tragedia –de la Biblia a Grecia y Shakespeare- la familia funciona como la metonimia del reino. Si el teatro es pura condensación y economía, en los roles de parentesco se exhiben todos los vericuetos del poder” .
De modo que la historia que la dramaturga pone en escena contará con los tópicos propios de la tragedia: un reino (que puede ser país o baldío, según consta en el Prefacio, parlamento dicho por el personaje de una de las hermanas, Luba), un trono, un huérfano, un duelo entre hermanos, un cadáver, una violación.
El espacio elegido para el desarrollo de la fábula es indefinido: “En algún país de la nieve, una escuálida familia”. Anulada la posibilidad de adscribir la historia a un referente espacial particular la geografía estalla: no es ningún lugar y es todos. La fábula de las hermanas que salen de caza y en lugar de regresar con una presa lo hacen con un huérfano -levemente idiota y en estado salvaje- desata la tragedia. No ocurre en lugar alguno en particular pero ocurre en todos, porque según la lectura de Arias, todas las familias reproducen inexorablemente en su conformación el reino en miniatura. Esto implica –básicamente- la pérdida del trono, del sitial de poder, por parte de uno de sus integrantes, quien –excluido-- regresa a recuperarlo, y en ese retorno desencadena hechos luctuosos.
La puesta en escena pone en acto este principio y hace de la miniatura su escala y su diseño. “Padre yace sentado en su trono en miniatura”, “Padre borracho con un tropel de botellas en miniatura”, ”Lisa ordena las figuras de un pesebre en miniatura”, ”Luba revuelve el botiquín, saca una carta pequeña y sucia”, “En el centro de la sala un pequeño altar” son acotaciones que disponen la reducción.
Hablábamos de un trono perdido y del imperativo de ser recuperado. Es este movimiento el que convoca a Reo, el expósito, el abandonado por Padre y Madre a recrear sin proponérselo la trayectoria de Edipo. Excluido de la familia y asimismo de la lengua ...”El abre la boca como quien no sabe hablar”... Reo es para las hermanas puro cuerpo, objeto de descubrimiento y de deseo, que deviene sujeto en la instancia de la apropiación de esa lengua.


Luba: Entonces cuando Reo no hablaba no tenía yo...¿en qué momento se le formó el yo?
Lisa: Bueno, cuando habló.

Dueño entonces del lenguaje, su cuerpo deja exhibir la marca de filiación que lo inscribe en la historia de orfandad creada -paradójicamente- por Padre y Madre, siniestros personajes que definen su entidad en la transgresión sistemática del rol que la Cultura les ha asignado. Así es como esta Madre puede ordenar ahogar a su hijo o puede indistintamente amamantar hijas, liebres o al propio Padre. Del mismo modo, Padre, quiebra el tabú del incesto, se acuesta con Lisa, su propia hija, y la embaraza.
Es notable, en este punto, el uso que hace Arias del discurso religioso que contextualiza las escenas íntimas entre Padre y Lisa. Los relatos bíblicos -lejos de inscribir la ley de Dios- funcionan como narraciones que Padre manipula a su antojo para habilitar y dejar legitimada la práctica prohibida. Otro claro ejemplo de distorsión-disfunción como principio organizador de la textualidad y de la familia por ésta creada.
Asimismo, como reverso de la actitud minimalista que asume la puesta en escena, al plantear en la estrechez del espacio una estética de lo mínimo (puede observarse la exigua dimensión de los objetos elegidos: bañadera, cuaderno de Luba, colección de botellas del padre, etc), el texto dramático encuentra su lógica y su tono en la desmesura: suicidio, parricidio, fratricidio, canibalismo e incesto son algunos de las formas que adquiere la hybris. Sin embargo, el exceso es tan desbordante que supera el horror y se desvía, por el propio efecto de la hipérbole, hacia el humor.
Tal vez sea esta trayectoria trágica pero al mismo tiempo desdramatizada la que le permita a Arias establecer una mirada no condenatoria para con sus personajes: “simplemente están ahí con su rol tatuado en la frente” dice la autora.
La moral cede en estas consideraciones su lugar a lo fatal. Así sucede. Como en las mejores familias.
No obstante, el texto inaugura la posibilidad de fundar un nuevo orden. Muertos Padre, Madre y Lisa, Luba se declara embarazada de quien es su propio hermano, Reo.

Luba “Dicen que el amor entre hermanos engendra niños idiotas. Fundaremos entonces una familia de idiotas y viviremos felices en el fin de la nieve. Tendremos uno, dos, mil niños idiotas y los dejaremos correr, amar, morir. Se juntarán entre sí, engendrarán otros idiotas y así sucesivamente...

El Patriarcado que regía en el antiguo orden queda así anulado y su vacancia deja lugar a una ausencia, la de la ley. En La Escuálida Familia esto no constituye caos, muy por el contrario, la ilusión de la felicidad se sostiene en la suspensión de los preceptos. La nueva estirpe hace de la libertad su naturaleza, transformando los viejos mandatos en líneas de fuga por donde se pulveriza la antigua y dudosa herencia.

(fragmento del artículo “Representaciones de lo familiar en Mujeres Soñaron Caballos de Daniel Veronese y La Escuálida familia de Lola Arias” en Los Rabdomates N°3, Buenos Aires, Universidad del Salvador, 2003.

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